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Os dejamos las descripciones de las primeras escaladas en La Pedriza por Angel Tresaco.
Allá, mediada ya la década de los años veinte, en la Pedriza de Manzanares, las únicas escaladas conocidas y habituales eran la ascensión casi entre jarales a la Cueva de la Mora; las del Yelmo por la grieta o chimenea de su cara Norte y por las llambrías de su cara Sur; y finalmente, y la más conocida, la del Risco del Pájaro por el callejón de la Muela a las llambrías cimeras de su cara Sur y cadena de hierro que colgaba desde la cumbre.
 
De otras ascensiones casi olvidadas, la del Risco de la Nieve, cuya primera ascensión habían llevado a efecto los hermanos Kindelán, no se había vuelto a repetir.
 
Era Pedriza tranquila y agradable para caminar por sus sendas entre jarales y retamas a la vera de riscos, entre rocas o por las pequeñas praderas y junto al río o al arroyo; o por las hoces altas, el espaldar del Risco de la Maza, del Yelmo ……….. ; o trepando y bajando por entre el caos de rocas de sus vericuetos proporcionando al cuerpo agilidad y sana alegría. Las aguas tibias de la poza del río, en la Garganta o en el Tranco, refrescaban al montañero -mediada la tarde veraniega- relajando sus músculos para recalar por fin a última hora en la taberna de Viñas, el aire libre, frente a la iglesia del pueblo. Era lugar consabido, de cita, para compartir la merienda montañera al finalizar la tarde de un día siempre gozoso. Como en el cantar, quedaba la Sierra triste y callada …………….
 
Mi primera ascensión fue en Pedriza, al Risco del Pájaro por el callejón de la Muela y cadena hasta la cumbre. Iba con Ricardo Rubio, quién fue mi verdadero iniciador. Sentía éste de verdad la montaña y tenía una verdadera sensibilidad para captar su belleza. Antes de iniciar la ascensión -mi verdadero bautismo de escalada- me había dicho por el camino: “Lo importante es tener en todo momento tres puntos de apoyo y avanzar siempre o retroceder, sin precipitarse y con seguridad para alcanzar toda nueva posición”. Con esta bonita “teoría de los tres puntos”, iniciaba con él mi primera escalada. En este axioma estaba concentrada toda la técnica de escalada de mi amigo y compañero de excursiones ………..¡¡
 
Aun cuando se trataba de una ascensión sumamente fácil, haciendo el camino, sentí yo una mezcla de curiosidad e inquietud. Habíamos dejado atrás el refugio de Pedriza para coger la ladera de la cara Oeste del Pájaro. La mañana era tibia y aunque corría el mes de Julio, el aire era sutil por el camino en busca de la ladera en sombra; gustábamos a veces dejar la senda para caminar por las praderas de suave pendiente, de verdor casi amarillento, cruzando por el cauce del arroyo seco que por entre las quiebras del monte y del canchal desciende, gustábamos pisar la arena suave; y en nuestra andadura, por la amarillenta hierba, remontando ésta o aquella roca suelta, o entre helechos, o por el áspero terreno, gustábamos también, aspirándolo con fruinción, el aire que lleno de aromas de jara y tomillo nos llegaba.
Habíamos llegado al pie de nuestro itinerario de ascensión, al pie de la cara NW. del Risco de la Muela.
 
Desde un principio y desde mi segunda posición subiendo, observando de mi compañero sus movimientos, -lo recuerdo perfectamente– nos elevábamos con facilidad disfrutando el goce de un tonificador ejercicio; también, cómo saboreábamos el frescor del aire entre rocas y canchos encallejonado, en la brecha, culminado el canalizo inicial; y cómo por el laberinto cóncavo de rocas, paredes extraplomadas de la Muela y el Pájaro, por aquel callejón semiabovedado que desciende y tuerce, bajábamos andando lenta y sosegadamente -sorprendido yo por la singular belleza de aquel rincón- contemplando y oteando, de la erosión las redondas formas y de la altura, el lejano e intenso azul, más azul que nunca.
 
Desde la solana de la cara Este del Pájaro, entraban y llegaban transparencias de sol a las paredes todavía en sombra del callejón; y de la luz suave, al salir a las soleadas rocas, desde allí, parecía temblar el aire, la Pedriza toda, en la mañana de cristal llena de serenidad, tal vez debido a las corrientes de aire y finos vapores de escarcha que desde el atormentado y pequeño robledal en el jardín del Pájaro pudieran subir.
 
Hasta aquí había sido todo sumamente fácil. Por la corta llambría de fuerte pendiente de la cara Este, subía a continuación con ligereza y soltura mi compañero; alcanzaba por la parte superior las llambrías cimeras de la cara Sur del Pájaro, y su figura, se recortaba en el perfil roqueño, se recortaba sobre el azul, al incorporarse en plena cara Sur. El movimiento y la acción eran excitantes.
 
Gozoso del disfrute de la plena naturaleza, de este espectáculo, del aire libre y del sol y como me pareciese tan natural y acertada en todo momento aquella “teoría de los tres puntos”, sí siempre he recordado con qué cuidado y atención subía por la fácil y corta llambría de fuerte pendiente; con qué regusto, unido a la roca por los lentos movimientos premeditados, por aquella fácil y corta llambría de fuerte pendiente, cómo poco a poco iba de mí mismo sintiéndome seguro; y cómo, en fin, sin apenas darme cuenta entonces, pero de manera efectiva, por la cota llambría
No son grandes las alturas de los riscos de la Pedriza de Manzanares, pero es el Risco del Pájaro la cumbre por excelencia y su pared Sur con su bello perfil la de mayor altura para un itinerario de escalada. La gran masa de llambrías finales representa casi la tercera parte de la altura de esta pared, la comprendida entre el gran techo a que dan origen éstas en su gran parte inferior y la cumbre. Es la zona menos fragmentada y en la que menos huella a ha dejado la erosión vertical, y de hecho es como una llambría que abarca las tres caras Este, Sur y Oeste de este risco.
Así pues, que sorpresa al alcanzar las llambrías cimeras de la cara sur……¡ Todo aquello era inesperado. Había salido por tanto, a la parte superior de esas llambrías frías donde su pendiente decrece y a poca distancia de la cadena de hierro desde la cumbre colgaba. Huía y descendía vertiginosa la llambría, más y más hasta cuanto más abajo hasta acabar bruscamente, recortándose de ella, al frente, su perfil. Desconfiado primero y más tranquilo luego, una vez comprobada la buena adherencia de las abarcas de goma a la roca que se escapaba bajo los pies, junto a mi compañero, relajado el cuerpo, avivado nuestro afán, nos movíamos prudentes escudriñando aquel aéreo lugar.
Contraste de llambría de granito rubio y de vacío;
contraste de arroyo, canchal, refugio y río;
contraste de lejanía y de primer término bravío.
Imponía la llambría limpia de musgos, limpia de liquen alguno, sumiéndose en la sombra de la cara Oeste, hacia abajo, hasta un próximo vacío que se adivinaba: saltaba la vista sin transición alguna desde el recorte del gran techo, desde la Oeste por el próximo vacío, hasta el arroyo de la Majadilla, hasta el de los Poyos que desde el collado de la Ventana viene o hasta el de la Dehesilla, según mirásemos; y siempre a vista de pájaro, la charca del arroyo, el puente adivinando la fuente y el diminuto del refugio, era éste centro y cruce, alma, de los caminos y sendas que por la montaña vienen y van ………
Finamente la cadena y la cumbre. Me aquietaba yo y sentía contento y sin sentirla, perdida la noción del tiempo, bajábamos luego por el mismo camino hasta el callejón y por el Jardín del Pájaro entre canchos y robles, el arroyo y el rústico puente, llegábamos al refugio.
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copyright: Por Angel Tresaco Ayerra
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DOS PRIMERAS EN LA PEDRIZA Por Angel Tresaco 1
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